Nicolas Kuzmanich

Practicante de Formación de profesores

 

Si no cuento esto… ¿qué voy a contar?

 

Hace un tiempo mi profesora de yoga, Angie, nos envió un mail motivándonos a que le compartamos nuestras experiencias acerca de lo que el yoga nos había dado. Desde aquel momento la idea quedó  resonando en mi cabeza. Pero sentía que después de estos tiempos tan movilizadores  debía dejar madurar algunos pensamientos. Transcurrido ese tiempo recordé que en el 2015, cuando estaba cursando el primer año del profesorado de hatha yoga dinámico, había escrito lo siguiente: “Darle movimiento a cada parte del cuerpo. Porque cuando se mueve, vibra. Cuando vibra se siente y cuando se siente, se vive.”

El año 2016 comenzó fuerte. El mismo día en el que comenzaba el año sufrí un sangrado medular espontáneo. Así. Así de raro y de repentino. Sin síntomas previos (que  al menos hasta al día de hoy se los pueda adjudicar a lo  ocurrido). La lesión provocada por el sangrado fue en la médula espinal entre las vértebras cervicales  4 y 7.  Tres días en coma farmacológico, pupilas no reactivas, pronóstico reservado, traqueotomía, respirador, sondas varias, electrodos, alimentación nasogástrica, entro otras cosas.  Un mes y medio en el hospital y gran parte de ese periodo en terapia intensiva. Entre varios nombre clínicos, el estado era cuadripléjico. No me podía mover. Solo tenía algún tipo de movilidad en mi brazo izquierdo.

 

Esto que cuento es solo para esquematizar de la forma más sencilla que puedo, el lugar  desde donde partí. No está contado con música sensacionalista de fondo.

 

Comencé la rehabilitación neurológica muy pronto. El día 7 de enero, es decir 6 días después de lo ocurrido, el equipo de kinesiología ya comenzaba a hacerme visitas en la habitación. La kinesióloga se sorprendía cuando me realizaba los primeros movimientos, por la flexibilidad que tenía en las piernas.  Ella me decía que eso era de mucha ayuda.  Dentro de su práctica y su experiencia me permitía saber que leía en mí, un cuerpo sano.

 

No tardaron los días en que el equipo médico le comunicaba a mi familia que debería hacer rehabilitación. El centro de rehabilitación neurológica  Rita Bianchi, en Tanti,  fue ese lugar magnífico en donde tuve la fortuna de poder realizar mi rehabilitación. Lugar donde comenzó de forma intensiva mi recuperación y donde también comencé a experimentar muchas cosas: entre ellas mi cuerpo;  de una forma muy profunda. Estuve dos meses internado en la clínica Rita Bianchi y luego, hasta diciembre desde ese mismo año, de forma ambulatoria. Mi recuperación fue resultado de  una combinación de muchos factores; entre ellos, rescato el conocimiento de mi propio cuerpo. Haberlo sentido antes. Observarlo y observarme.

 

Esto último, la capacidad de observarme, es algo que sí sólo se lo puedo adjudicar a la práctica del yoga. El  yoga no sólo me ha dado un conocimiento pleno de mi cuerpo y lo ha puesto en un estado saludable, sino que me ha enseñado esa capacidad de observarme. Capacidad que me ha dado mucho. El poder sentir cada mínimo avance que ocurría en mi cuerpo es algo que no me ha  permitido nunca sentirme estancado. Mientras tanto, algunas de las devoluciones que me iba haciendo el grupo de terapistas con los que trabajaba, rondaban en lo diferente que era una rehabilitación de alguien que tenía una vida previa de actividad física, de movimiento, de aquellos que llevaban una vida sedentaria. Muchos de los movimientos que me pedían, como por ejemplo trabajar la musculatura postural, habían sido ya experimentados en yoga, aprendidos.

 

La respiración fue algo clave también. Los primeros meses de rehabilitación, debido a que aún estaba con traqueotomía y que la lesión también había afectado a toda la musculatura del torso, trabajábamos  todos los músculos implicados en el proceso de respiración, inhalación y exhalación. Terreno completamente abarcado en la práctica del yoga. Respiración torácica y abdominal. Llevar el aire a la parte alta del tórax o a la panza eran ejercicios que mis terapistas me pedían y que yo ya conocía. Fortalecer esa zona era condición necesaria para que me retiren la traqueotomía. 

 

Poder vivenciar el cuerpo en la forma que lo  hice y hago en este proceso de rehabilitación, con lo que me ha dado el yoga, me animo a decir que es magnífico. Sentir cuando un músculo que no activaba, que no generaba  contracción, y ahora lo hace no deja de ser una gran experiencia. Intentar un movimiento que no sale y volver a intentarlo un tiempo después me ha llevado muchas veces a experimentar  la misma sensación que sentía  en yoga cuando practicaba una asana,  una… y otra vez.

 

Siento que el yoga es una comunión con uno mismo. Aun estando en silla de ruedas y pudiendo hacer mínimos movimientos tenía el deseo de practicar posturas de yoga, de llevar mis manos a mis pies, de bajar y estar sentado en el piso.

 

Hoy volví a vivir solo,  a reincorporarme a mi trabajo…  Y casi a diario me tiro en el suelo y hago algunas posturas. Casi como una práctica de elongación, pero es realmente muy placentera; aquella respiración aprendida viene sola, y respiro la postura.

 

Al fin y al cabo siento que transitar este proceso de rehabilitación es seguir haciendo algo que ya venía haciendo. Conocer mi cuerpo, conocerme.

 

Hoy, con todo lo vivido, esa frase escrita ya hace un tiempo, cobra otro sentido. El yoga me enseñó a sentir y conocer mi cuerpo. Experimenté lo que es no moverse, y por ello no dejé de estar vivo. Se puede vivir sin moverse. Simplemente se vive de otra forma, pero se vive. Lo que plasmé en esa frase en aquel momento, fue la experiencia de sentir mi cuerpo vibrar.