Cómo el Ashtanga se volvió mi práctica definitiva.

Muchas veces me han preguntado por qué elegí el Ashtanga Yoga. En mi "curriculum yogui" se reflejarán mis andares por varios estilos y escuelas de yoga.

En un principio, debo admitir que me avergonzaba un poco de esta situación, pero actualmente  me siento afortunada, ya que las experiencias que fui recogiendo en el camino me ayudaron a poder estar hoy en un lugar en el que deseo estar por elección a plena consciencia.

Cuando comencé a practicar Ashtanga Yoga, quien era mi profesora en ese entonces me enseñó la secuencia de forma guiada.

Recuerdo que practicaba 2 veces por semana. Había días en que antes de comenzar con el Surya Namaskar (saludo al sol) la profe nos decía: "hoy vamos a practicar estilo Mysore".

Por dentro pensaba “qué desilusión!”. Por más que hacia un tiempo que conocía la secuencia, cuando lo hacíamos con este formato me era imposible recordarla.

Lo que más recuerdo era una sensación de frustración muy grande. No entendía el sentido de practicar sola,  pensaba: “¿para qué vengo a esta clase si la profe ni me dice qué es lo que tengo que hacer?”.

Lo veo en retrospectiva y me resulta muy divertido, porque al día de hoy esto mismo es lo que muchos  alumnos me expresan cuando les comento cómo se practica y enseña Ashtanga Yoga.

Las vueltas de la vida me impidieron continuar asistiendo a clase, por lo que me propuse comenzar a practicar en casa.

Por supuesto, no practiqué Ashtanga! Recuerdo que planificaba unas secuencias súper divertidas de Vinyasa Yoga, donde transitaba por un montón de bellas posturas de apertura, equilibrios sobre los brazos. Era tan lindo, se sentía tan bien!

Comparado con Ashtanga, donde siempre se repite la misma secuencia, una y otra vez, mis secuencias eran creativas, divertidas y me sacaban las ganas de hacer todas esas posturas desafiantes. No tenía ninguna razón que me llevara a pensar en volver a Ashtanga.

Llegó un punto en mi experiencia como practicante y docente (porque en mi caso las dos se dieron bastante al mismo tiempo) en que comencé a sentir que lo que estaba haciendo no me estaba conduciendo a ningún lado. Tenía muchas dudas, y una sensación de no poder profundizar que me tenía bastante apenada.

Podía percibir cómo mi cuerpo se abría y fortalecía. Pero en realidad, era para mí una sensación muy parecida a la de hacer gimnasia.

Era consciente de que había algo que me estaba faltando. Podía percibir, incluso cuando daba clases, una sensación de inacabado, de no poder llegar a aspectos más profundos de mí ser, ni poder transmitirselo a mis alumn@s.

Me resultaba extraña la idea de que el yoga se resumiera simplemente a un momento “recreativo” en el que se buscara conectar con la armonía y la paz, desde un lugar un poco “cliché” para mí, poco profundo.

 

Así fue que un día decidí enfocarme: practicar un solo sistema de yoga y dejar de ir y venir por la “vía láctea yoguica”.

 

Elegí Ashtanga porque me llamaba la atención, había leído algunas cosas sobre Guruji Pattabhi Jois y me gustó mucho. Así que me embarqué en la práctica diaria. Los primeros meses no fueron muy distintos de mis experiencias anteriores. Fui re-aprendiendo la secuencia en casa, aprendiendo las vinyasas, y cuando podía tomaba algunas clases con profesores.

Al poco tiempo, empecé a sentir que después de unos 4 o 5 años de practicar distintos métodos y estudiar en diferentes escuelas, estaba por primera vez  haciendo Yoga.

La experiencia fue en aquel momento muy fuerte. Tuve etapas bastante complicadas. Por momentos me sentía muy pesada, otros días liviana, otros días llorando, y asi. Pasé por un mar de emociones intensas. Simplemente por el hecho de hacer todos los días esta misma rutina, la primera serie “Yoga Chikitsa” o yoga terapia, conectar con la respiración e intentar enfocarme tanto como me era posible.

Pude hacerlo incluso sin mucha guía, ya que la mayoría de mis prácticas sucedían en la soledad de mi casa. Creo hoy que el componente fundamental, que me permitió atravesar ese primer proceso fue pura y exclusivamente la constancia. Sostuve mi practica a viento y marea, con altos y bajos, dolores, estrés, tristeza, alegría. La sostuve igual, diariamente.

 

Las fichas comenzaron a caer lentamente. Era algo mágico. Me paraba todos los días sobre el mat a “pasar un mal rato en conexión con mi cuerpo”, o al menos eso era lo que percibía a simple vista. Ni si quiera llegaban a salirme muy bien las posturas más básicas, que cuando practicaba las otras secuencias se sentían tan sencillas.

Con el tiempo empecé a darme cuenta cómo estaba trabajando más desde mi cuerpo energético, y de la misma manera que uno aprende como ajustar y relajar un músculo, o mover una articulación, empecé que entender cómo, a través de la respiración, la atención, la voluntad, podía  inferir en mi sistema energético y encontrar puntos de equilibrio con más sencillez.

Esta vivencia tan intensa, que me llevó un tiempo percibir, me ayudó a entender por qué Ashtanga Yoga se enseña con el estilo Mysore.

Es ahí donde reside la joya del sistema. Y es muy importante practicarlo en este formato de auto práctica, porque es la única manera de que tu cuerpo se vuelva tu propio laboratorio y vos el investigador de tu propia naturaleza.

 

Ningún profesor puede enseñarte esa experiencia. Es un conocimiento tan individual, tan personal y autogestado que vale más que todos los cursos, teacher training y visitas a maestros que uno pueda hacer. Por supuesto que hacer todo eso suma.

La práctica de Ashtanga en su formato tradicional, Mysore, me enseñó y me enseña cada día, cómo funciona mí cuerpo, más allá de las teorías científicas. Me conecta con mi estado energético diario, me permite saber cómo están mis órganos, y deducir por qué a veces me siento enferma. Despierta una intuición sobre el propio cuerpo, en todos sus aspectos, tan “mágica” que realmente sorprende. Por propia experiencia puedo decir que esto no tiene nada que ver con hacer locas posturas, sino en hacer diariamente tu mejor esfuerzo por conectar con tu respiración y concentrarte a través de la secuencia.

El camino de la práctica cotidiana no es sencillo. Está repleto de obstáculos a trascender. Desafía nuestras creencias, y pone a prueba nuestra fe en este sistema de autoconocimiento. Pero está lleno de increíbles beneficios para quienes se atrevan a transitarlo.

Nos vemos en clase

Angeles Alaggia